No todos los días se entra en el taller de un escultor. Menos aún cuando ese escultor trabaja con algo más difícil de explicar como son las sensaciones, la intuición y una forma muy particular de entender el espacio.
En el barrio de Martutene, a la orilla del Urumea, el artista donostiarra Íñigo Arístegui tiene su centro de operaciones. Para llegar hasta él hay que recorrer un callejón escondido que finaliza en un espacio abierto, una especie de caballeriza o patio interior. Allí nos recibe EsPAZio, una obra que nos invita a la reflexión recordando hechos luctuosos como el incendio del 31 de agosto de 1813, la caída de las Torres Gemelas o las bombas atómicas de Hiroshima i Nagasaki. Un golpe de realidad en toda regla que nos obliga a mirarnos en el espejo como sociedad.
Tras esta obra damos por fin con el taller de Íñigo Arístegui, que bien podría ser el de un soldador. Allí nos recibe con cercanía y cordialidad para comenzar una charla en la que tratamos de acercamos a su proceso creativo, a su manera de observar la ciudad y a cómo nacen las piezas que después acaban formando parte de una vivienda como nuestro activo de Prim,22. Porque antes de convertirse en obra, todo empieza con una pregunta: ¿qué tiene que sentir quien entre aquí?

El proceso creativo de Íñigo Arístegui no es inmediato ni superficial. Parte de una combinación de técnica, pensamiento y sensibilidad que cobra su máxima expresión en una frase de San Agustín que define su forma de trabajar: “El que trabaja con las manos es un trabajador, con las manos y la cabeza es un artesano, y con las manos, la cabeza y el corazón es un artista.”
Una de las ideas más interesantes de la conversación es su manera de enfrentarse a un encargo. Arístegui no parte de una idea cerrada. No “coloca” una obra en un espacio. Lo que hace es algo distinto: tratar de descubrir la sensibilidad del lugar. “Y una vez que la descubres, encuentras el camino.” Esto implica observar, recorrer, entender.
No solo el espacio físico, sino lo que transmite. En el caso de una vivienda, eso se traduce en algo muy concreto: qué va a sentir quien la habite.
A diferencia de otros procesos más técnicos o racionales, el suyo tiene un componente claramente intuitivo. No hay fórmulas cerradas para decidir materiales, formas o composiciones. “No hay una explicación lógica. Son intuiciones.” Habla incluso de cómo cada persona o cada espacio “emana” algo distinto. Una especie de lenguaje invisible que él trata de interpretar. Una intuición, un instinto que no sustituye a la técnica, pero la guía.
Otro punto clave de su forma de trabajar tiene que ver con la relación con los materiales. Frente a la idea de control, Arístegui plantea algo muy diferente: “No hay que domar ningún material. Te tienes que hacer amigo de él.” Hierro, acero, madera… cada uno tiene su comportamiento, sus límites y sus posibilidades. Intentar imponer una forma puede romper la obra. Entender el material permite que la pieza funcione. Es un enfoque que mezcla respeto, oficio y experiencia. Porque Arístegui no es solo escultor: es herrero, es soldador, carpintero, albañil…oficios artesanos que ha ido desarrollando a medida que ha ido labrándose una dilatada carrera internacional.
La ciudad aparece constantemente en la conversación. No como fondo, sino como parte activa del proceso creativo: El Ensanche, el río Urumea, la historia de los oficios, la relación entre arquitectura y vida…Arístegui habla de San Sebastián como alguien que la ha vivido, no solo observado.
Y eso se nota en cómo construye sus piezas, unas piezas que lejos de ser absractas están profundamente conectadas con el lugar.

Cuando se le pregunta qué espera que sienta alguien al entrar en una vivienda con sus obras, la respuesta es directa: “Que conecte. Que esté a gusto.” No habla de impacto visual ni de protagonismo, sino de algo mucho más difícil de conseguir: que la obra ayude a que el espacio funcione emocionalmente. Las esculturas no son el centro. Son un apoyo para que la experiencia del espacio sea mejor.
En el proyecto de la calle Prim, 22, esta forma de trabajar se traduce en cuatro obras distintas, cada una pensada para un momento concreto dentro de la vivienda.
Más allá de su forma, todas comparten una misma intención: acompañar la vida que sucederá en ese espacio.
Hay un punto especialmente interesante en cómo el propio artista entiende su papel dentro de un proyecto como este. No busca protagonismo absoluto. De hecho, lo dice explícitamente: “si una pieza tiene demasiado peso, se ajusta o incluso se retira”. Porque el objetivo no es que la obra destaque por encima del espacio, sino que encaje dentro de él. Ese equilibrio es, probablemente, una de las claves del resultado final.
Esta colaboración de Reditas Capital con Íñigo Arístegui no es casual. Responde a una manera de entender la vivienda que va más allá de la reforma o la inversión. Tiene que ver con el carácter del inmueble, con la relación con la ciudad y con la experiencia de quien lo habita. En ese sentido, el trabajo de Arístegui no añade simplemente valor estético.
Aporta una capa más profunda: significado.
Por eso, entrar en el taller de Íñigo Arístegui es entender que el arte no empieza en la obra terminada, sino mucho antes. Empieza en la forma de mirar, de escuchar y de interpretar lo que un espacio puede llegar a ser. Y cuando ese proceso se traslada a una vivienda, el resultado no es solo un lugar bien diseñado, sino un lugar que se siente. Así es Prim, 22.
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Asesor fiscal y consultor de inversiones inmobiliarias. Fundador de REDITAS CAPITAL S.L.
Líder en la ejecución de proyectos inmobiliarios, con una amplia y acreditada
experiencia en el sector de la construcción y de la reforma.